domingo, 30 de diciembre de 2012

Dos ancianos planeaban celebrar una macrofiesta de Nochevieja en un minipiso.


         Eufemiano Blanqueado y Eva Ginaseca han sido identificados como los cabecillas de una red mafiosa, que se dedicaba a organizar fiestas clandestinas en casas particulares. Los dos nonagenarios estaban sometidos a vigilancia policial desde hacía meses. Su vivienda, en el madrileño barrio de Pan Bendito, ha sido precintada por orden judicial. La policía científica ha realizado tres ensayos clínicos a doble ciego en la sala de estar del domicilio de los Blanqueado. Los resultados demuestran, con alta probabilidad estadística, que allí pudo haberse celebrado una gran fiesta, entre dos y tres semanas antes de las pruebas periciales.
 
 

El secreto del sumario se ha levantado esta mañana muy temprano, como acostumbra desde hace muchos años. Gracias a ello hemos podido conocer alguno de los detalles más escabrosos de este caso. Eufemiano y Eva se desplazaban diariamente al centro de día del barrio. Desde allí dirigían las operaciones con pulso de cirujano. Habían comenzado su carrera delictiva con actividades menores, como peleas de cucarachas pardas, tiro al celador, strike parchís, y el popular atascabaños, celebrado los primeros viernes de mes, coincidiendo con el día que el centro pone fabada para comer.

La organización tenía en nómina diez matrimonios de ancianos válidos, y una viuda coja. Grababan a los abueletes metiéndose en páginas guarras de internet, y luego los extorsionaban. Bajo amenaza de difundir los videos en la red, las provectas parejas se veían obligadas a dejar libres sus pisos durante los fines de semana, e irse a casa de los hijos.

Los mafiosos eméritos disponían de seis pisos interiores muy luminosos y con muchas posibilidades, cuatro entreplantas con la terraza metida al salón y cierre de aluminio anodizado, y el ático de la coja. Éste último, gozaba de vistas al mar para aquel que tuviera la agudeza visual de un lince, o bien dispusiera de un telescopio profesional. Sólo en ocasiones muy especiales, los Blanqueado utilizaban su vivienda para celebrar las macrofiestas. Habían hecho reforma el verano anterior, y no querían que se estropeara el sintasol del suelo, ese producto infame que campa por sus respetos en el extrarradio madrileño, y que pretendiendo imitar parquet, queda de puta pena.

Fuentes policiales no potables, estiman que desde la tragedia del Madrid Arena en la noche de Halloween, el clan de los Blanqueado había intensificado su actividad, y pretendía hacerse con el control de la noche madrileña. El próximo gran evento era la Nochevieja, y esa cita se había convertido en el objetivo prioritario de los hampones geriátricos.

 Entre los papeles de Eufemiano, la policía encontró un folleto de promociones navideñas del Mercadona. Aparentemente, el documento incautado no tenía trascendencia. Tras un minucioso análisis, el equipo de becarios de élite descubrió una leyenda semioculta por manchas de grasa y restos de mazapán. El cerebro de mente demente había trazado las líneas maestras de su maléfico plan, y cegado por la codicia, había dejado un reguero de pistas tras de sí.

Necesitaba el ático de la coja. Contra todo pronóstico, fue más fácil de lo esperado. La senecta mujer cobraba dos pensiones, la habitual de viudedad y otra de invalidez, por la artrosis galopante que supuestamente padecía. “Es que tengo la enfermedad de los caballos”, decía ella. Un barrio es como un pueblo, y quien más y quien menos, la había visto tirar la muleta y salir corriendo cuando se le escapaba el autobús. Una amenaza velada de denuncia a la inspección médica bastó para que la pseudodiscapacitada cediera desinteresadamente su vivienda. Los cuarenta metros habitables más dos de terraza descubierta, tenían un potencial incalculable para la celebración de eventos multitudinarios.
 
 

Eufemiano ya disponía del local adecuado para celebrar la rave que siempre había soñado. Contrató a DJ Macetero, el primo del pueblo del gran DJ Tiësto, y le pidió que mezclara danzas regionales, con éxitos españoles de siempre como “La Ramona”, “El Porompompero”, “El tractor amarillo”, y “Opá, yo viacé un corrá”.

Había que publicitar la fiesta, pero no tenía un céntimo. Robó en el super un paquete de folios, y los dividió en cuartillas. Tuvo a Eva una noche entera haciendo a mano los anuncios, utilizando la argucia de que ella tenía mejor letra. Y al día siguiente, con la excusa del paseo vespertino habitual “para bajar el azúcar”, la mandó a buzonear, y a poner la propaganda en los limpiaparabrisas de los coches del barrio.

Eufemiano no pisaba la iglesia desde el día de su bautizo, pero sabía como tratar a un cura. Fue a ver a don Nicanor y le contó la milonga de que tenía una vecina pobre y medio ciega. La ilusión de su vida era conocer Alicante, que pasa por ser el paraíso en la tierra para los jubilados madrileños. No tenía dinero para pagarse la operación de cataratas. En la  pública llevaba quince años en lista de espera, porque había rechazado operarse en el Restaurante Niágara. En este local barato de comida rápida no había oftalmólogos, pero como de cataratas algo sabían, Sanidad les había otorgado la concesión, cuando externalizó la cirugía oftalmológica. La batería de la anciana se agotaba y había que actuar con urgencia. Como era de esperar, don Nicanor no aflojó un euro, pero un pequeño donativo de Eufemiano obró el milagro. El sacerdote accedió a incluir en la hoja parroquial publicidad de la “fiesta benéfica para recaudar fondos para la cieguita”, y a hacer mención del evento, en los avisos de misa de doce, todos los domingos.

La experiencia es un grado, y Eufemiano no había dejado ningún detalle al azar. Habría photocall, pero como en el Zoo: Te hacen la foto a la entrada y luego te la venden a la salida. Se aconsejaba acudir a la fiesta meado y cagado, para evitar las molestas colas que se formarían en el acceso al baño multiusos. La barra de la ducha haría las veces de guardarropa, y la bañera y el bidé servirían para hacer esa sangría marca de la casa, a base de vino peleón picado y Casera caducada.

En la entrada estaría el Jeremy, su nieto preferido. Nacido en el Pan Bendito, pero recriado en el poblado de Caño Roto, estaba tan esmirriado que le habían echado del gimnasio donde entrenaba, porque espantaba a los clientes. Era un tío muy chungo, de esos que imponen su ley con una mirada torva. La seguridad del evento estaba garantizada, y Jeremy tenía orden expresa de expulsar a los pijos en cuanto hicieran acto de presencia. Esto no sería un problema, porque la última vez que se avistó un pijo por estos pagos, fue en 1915, cuando Amadeo Cotoner de la Riestra, segundo Conde del Piquillo, se equivocó de ruta y acabó con su velocípedo en el Pan Bendito. En un primer momento, los aborígenes pensaron que era un dios, pero cuando conocieron el percal, actuaron como patriotas panbenditeños. El velocípedo fue debidamente desmontado y convertido en chatarra. Y Amadeo desapareció misteriosamente, como un político corrupto cuando abandona la prisión preventiva. Los cronistas de la  época cuentan que en aquellos días se celebró en la plaza del barrio una gran fiesta popular, donde un extraño animal proveniente de tierras lejanas, fue sazonado, asado y posteriormente degustado.
 
 

Jeremy era estrábico divergente, por lo que tenía un ángulo muerto central, que era su talón de Aquiles como segurata. Lo suplía con un irritante vaivén cefálico continuo, parecido al de Stevie Wonder cuando canta. Le encantaban los animales exóticos, y tenía cuenta abierta con todos los camellos de los aledaños. No obstante, se recomendaba venir drogado de casa, para ganar tiempo. Y ya puestos, se agradecía acudir con los instintos básicos actualizados a fecha treinta y uno de Diciembre. No obstante, en el descampado colindante se había habilitado un prostíbulo de campaña, regentado por Prostitutas sin fronteras, por si surgía alguna emergencia.

La invitación rezaba que la fiesta era de media etiqueta, por lo que Jeremy recibía al público armado con unas tijeras, para proceder al capado sistemático por la mitad, de las etiquetas de la ropa comprada para la ocasión. El cotillón corría a cargo de la organización, y este año para no cometer imprecisiones, se había sustituido el tradicional matasuegras por aerosoles monodosis de cianuro.

El último requisito de entrada era traer una botella de agua de dos litros por invitado. Tras las Campanadas, se pretendía hacer una demostración in situ de que la tarima flotante flota de verdad, si se le añade suficiente cantidad de líquido.

Sólo faltaba una cosa, Eufemiano era republicano pero juancarlista. “Ese hombre santo libró a España de otra dictadura el 23F, así que por mi como si se va a cazar osos polares a Venezuela”. En casa, tenía sobre el televisor las dos cosas que tiene que tener todo español que se precie de serlo: Un retrato de Su Majestad, y otro del Jeremy de uniforme. Esta foto era falsa: El zagal tuvo que posar disfrazado de militar, porque como todo hijo de vecino, se había librado de la mili por “la alergia”. Y entre las dos fotos, una caja de plástico transparente donde el anciano guardaba las piedras que le quitaron de la vesícula en 1975: “Ingresé por urgencias, mire usted, y diez horas me tuvieron en el quirófano. El cirujano le dijo a mi señora que no había visto piedras más grandes desde que estuvo en Stonehenge”.

El problema era que la jodida coja había comprado una televisión con la extra de Navidad: “Ha puesto un magma, una tele de esas escurridas de ahora, que no se tiene encima una foto ni nada. Don Juan Carlos tiene que presidir la fiesta, así que tendré que capturar un fotorrana del Mensaje de Nochebuena, y dejarlo en modo pausa en el televisor, toda la noche”.

Así hubiera transcurrido el fiestón de Eufemiano, pero como en España se toman medidas a golpe de tragedia, no habrá party. Este año no, pero el que viene ya nadie se acordará de las cinco niñas del Madrid Arena. Así, los Blanqueado de turno volverán a hacer lo que siempre han hecho: Actuar al margen de la ley, con el beneplácito de los que dictan las leyes.

Eufemiano asumió que se quedaba sin fiesta, pero sacó fuera su puntito de rebeldía. Por sus cojones, no habría ni saltos de esquí, ni Concierto de Viena, ni la puta Marcha Radetzky. Y sobre todo, la Igartiburu no volvería a dar las uvas, al menos en su televisión. Brindaría con cava (de Requena) por SM el Rey, y vería las Campanadas con Raquel, Amador y el Recio, de “La que se avecina”, entrando en 2013 con alegría sana y verdadera. VanityFreakNews.

 

 

 

 

 

 

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