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domingo, 25 de mayo de 2014

Un policía fallece haciendo el acto en el servicio.


Ese cuerpo que yace sin vida en los servicios de un motel de carretera, pertenece a un destacado miembro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, y su miembro aún enhiesto, también. Mañana, todos los medios de comunicación dedicarán un lugar destacado a esta noticia. Los telediarios no abrirán con las décimas de fiebre de Cristiano Ronaldo, o con el grano en el culo de Messi. Ese cadáver tendrá su minuto de gloria televisiva aunque sea a título póstumo: "Un heroico policía fallece en acto de servicio" anunciará el presentador de turno, de sempiterno aspecto atildado y voz engolada.
 
 
Foto tomada de www.traveller.es
 
 
Esta información no le importará demasiado a nadie. De hecho, yo tampoco le prestaría atención si no fuera porque ese fiambre me resulta bastante familiar. Su careto es el que he visto al mirarme al espejo durante los últimos cincuenta años. No, no me he suicidado. No tenía motivos para ello. La autopsia demostrará que tampoco ha sido una muerte violenta. Parada cardiorrespiratoria, sentenciará el certificado de defunción, lo cual es como no decir nada. Todos nos vamos al otro barrio precisamente porque nuestra patata se para. Así es el lenguaje que empleamos los médicos, ambiguo y barroco, como la propia naturaleza humana con la que trabajamos a diario.
 
Nadie podría decir que la vida de Moncho Chete fue dura. Estudié Medicina en una época en la que en la facultad sólo había hombres. Me especialicé en Ginecología ingenuamente, para ver si así ligaba algo. Supongo que con ese nombre y ese apellido estaba predestinado a ser ginecólogo. Después de muchos años de carrera profesional, el universo femenino dejó de interesarme. Mis amigos pensaban que había enloquecido: “Tienes el mejor trabajo del mundo, Moncho. Te pasas el día entre mujeres y encima te pagan por ello”. La Ginecología esta mitificada. Se está siempre en el mejor sitio, pero suele ser en el peor momento. Además, la materia prima no es como la imaginan los amigotes. Rara vez viene a tu consulta una charlizetheron, y cuando eso ocurre, lo que ves y lo que te cuenta desciende tu hipotética libido a profundidades abisales.
 
Un día, saliente de guardia, me fui de copas con mi amigo Marco Rupto, un ingeniero que abandonó su profesión y pasó de no votar nunca a vivir de la política holgadamente.  Le confesé mi hastío vital: “No puedo más, Marco. Voy a dejar la Medicina”. “No hay problema, Moncho. Tú te afilias al partido y te nombramos Director General de la Policía”. “¿Policía? Pero si las únicas pistolas que he visto en mi vida son las de pan, y lo más cerca que he estado de una pistolera es cuando exploro a mis pacientes”. “Vamos a ver,  Moncho. Después de veinte como ginecólogo, tu conocimiento de los bajos fondos es insuperable. Tienes el perfil perfecto para el puesto. Además, lo único que tienes que hacer es cumplir las órdenes que te vengan desde arriba”.
 
 
Foto tomada de www.cinepremiere.com.mx
 
 
Acepté, claro que acepté. Así somos los humanos: Totalmente incorruptibles hasta que aparece la ocasión de corrompernos. Después de tanto tiempo en colegios religiosos y de haber sido educado en el seno de una familia burguesa de provincias, he acabado como David Carradine: No siendo el protagonista de la mejor película de Quentin Tarantino, sino seco como una mojama, con los calzoncillos bajados y la cabeza cubierta por una bolsa de plástico. Efectivamente, he fallecido haciendo el acto en el servicio. El maestro Woody Allen dijo una vez que: “Masturbarse es hacer el amor con la persona que más quieres”. Probablemente no le faltara algo de razón al genio neoyorquino. Aunque uno nunca se quiere lo suficiente.
 
Hay quien decide vivir deprisa, morir joven y dejar un cadáver bonito. Otros pensamos que correr es de cobardes, y que es mejor morir viejo y hecho unos zorros, como Sara Montiel. La vida merece la pena degustarla en pequeños sorbos, aunque hay veces que se te atraganta. Lo mío fue un accidente, asfixia autoerótica, la llaman los técnicos. Vamos, que me la estaba pelando con la cabeza metida en una bolsa de plástico, para prolongar el orgasmo, y se me fue la mano (nunca mejor dicho). El juego sexual acabó de forma imprevista. Dicen que la muerte nos hace a todos iguales y que al final, ricos y pobres acabamos en el mismo sitio. No estoy tan seguro, pero de todos modos, nadie ha vuelto para contarlo.
 
Lo que está claro es que David Carradine y yo no recibiremos un trato postmorten similar. Ningún país podría reconocer que uno de sus más  altos cargos públicos ha muerto en mis circunstancias. Dirán que era un hijo dilectísimo, y un vecino ejemplar que cedía el paso a las ancianas todas las mañanas en el portal. Dirán que la cocaína no era mía, que me había desplazado a aquel hostal para participar en una peligrosa misión, y que antes de ser vilmente ejecutado acabé con la vida de los 88 maníacos, como hacía Uma Thurman en Kill Bill. Me condecorarán con la Medalla al Mérito Civil, y las más altas personalidades del estado acudirán al tanatorio para cumplimentar a mis deudos.
 
 
Foto tomada de www.taringa.net
 
 
Mientras tanto, David Carradine nunca descansará en paz. Seguirán circulando por internet fotos de su supuesto cadáver (probad a googlear David Carradine fotos prohibidas) y teorías a cual más morbosa sobre su triste final. Es el precio de la fama. Hay una corriente popular por la cual todas las famosas son drogadictas y putas, y todos los famosos drogadictos y julandrones. Sobre ellos circulan innumerables leyendas urbanas, muchas de ellas tan creíbles como los Reyes Magos.
 
En Madrid, capital de España, y del bulo infundado, todo el mundo tiene un amigo que tiene un amigo que trabaja en las Urgencias de un hospital público, y sabe de buena tinta que Alejandro Sanz acudió en una ocasión con el ano desgarrado, y no precisamente tras hacer deposición. La misma fuente de información dice que Miguel Bosé cambia su sangre llena de virus por plasma sano, con la misma facilidad que muda sus calzoncillos (como si lo primero sirviera para algo cuando alguien está infectado). También defiende con vehemencia que Anne Igartiburu, una de las mujeres más bellas de España, tiene genotipo masculino. Y que Letizia tenía las trompas ligadas antes de convertirse en Doña Letizia. Y que el año pasado, durante un viaje a los fiordos noruegos, se encontró en su hotel con una pareja de tortolitos llamados Felipe de Borbón y Eva Sannum.
 
Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el día del juicio final por la tarde. Difamar sale muy barato. Y una mentira muchas veces repetida acaba por asumirse como verdad. De Richard Gere me interesa más bien poco su carrera, sólo un poquito más su activismo en favor del Tíbet, y absolutamente nada si se mete o no ratones vivos por el recto. No sé qué relevancia puede tener a estas alturas de la vida conocer si Ricky Martin y Pablo Alborán son pareja. ¡Olé sus talentosos huevos y que sean muy felices juntos!
 
La vida es muy breve, y la perdemos analizando las de contemporáneos nuestros que ni siquiera conocemos. Amén de no reparar en el daño emocional que podemos infligir a esas personas y a sus seres queridos. Observad por última vez mi cadáver en los servicios de ese hostal de carretera. Sentid por mí pena, asco, o simplemente nada, pero ahora que conocéis la historia de primera mano, no perdáis el tiempo. Vivid y dejad vivir, que esto son dos días, y ya ha pasado día y medio. VanityFreakNews.
 
 
Foto tomada de www.en.wikiquote.org
 
 
“Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rió de mis pérdidas y burlado de mis ganancias. Despreció a mi nación, desbarató mis negocios, enfrío a mis amigos y calentó a mis enemigos y cuál es su motivo: “Soy un judío”. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?” (El mercader de Venecia. William Shakespeare)
 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una maruja, un supermercado y un paraíso terrenal.


         Como cada mañana, Concha Bada se levantó hastiada de vivir. En una entreplanta interior de cincuenta metros cuadrados del madrileño barrio de La Elipa, moraban hacinados: Una mujer, su marido alcohólico, cuatro hijos varones en paro, un perro estrábico, y una hipoteca a setenta años.

Al salir de la ducha, Concha se miró en el espejo, sin poder reconocer en aquella anciana de cuarenta y cinco años, a la hermosa mujer que antaño fué: El ombligo se adivinaba semioculto por los pechos. Las generosas pistoleras tenían capacidad para albergar dos armas de calibre reglamentario. El cabello, ralo y de color alfalfa, coronaba una cabeza cuyo único ornamento eran los dientes. Éstos, que un día parecieron perlas por su blancura, hoy lo asemejaban por su pavorosa escasez. Encendió un Ducados sin filtro, y se puso la blusa, la falda y los zapatos, las únicas prendas que tenía. Abrió el frigorífico, vacío como Madrid en Agosto. No miró la cartera, porque ya sabía lo que no había. Todos dormían, incluido el perro, un ejemplar verde kriptonita, que parecía más reptil que cánido, a fuerza de ser cruzados sus ancestros entre sí.

         Dejó su lastre vital en aquella casa, y se tiró a la calle, en busca del super del barrio. Era el único lugar donde se sentía persona, mientras se evadía de la realidad temporalmente. Al llegar a la calle Daroca, divisó una zona de obras en la acera de los pares. Era la enésima zanja en lo que llevábamos de año: Primero, la compañía del gas, después los de la fibra óptica, y más tarde los de la dietética. Luego la empresa de la luz ecológica, y ahora un socavón producido por la rotura de una tubería. Como en toda obra española que se precie de serlo, un operario trabajaba a ritmo cansino, mientras sus compañeros le daban apoyo moral con la mirada. A poca distancia, un número indeterminado de jubilados varones, observaban la escena en riguroso silencio, solo roto por algún piropo salvaje, vertido al paso de una hembra de buen ver y mejor catar. Concha Bada era consciente de su inexistente atractivo físico. No pretendía recibir un requiebro procaz, ni tan siquiera una mirada libidinosa. Se hubiera conformado con que no le lanzaran trozos de pan duro, como si fuera un animal de corral.

Cruzó el paso a nivel de la M30. El abismo repleto de coches que se extendía ante sus ojos, la tentó como lo hacía todos los días. Un pequeño salto, y todo acabaría. No fue capaz. A veces la cobardía es la única causa que impide un suicidio. Arribó a la calle Brescia, y por fin llegó a su pequeño paraíso, el supermercado.

         Le extrañó no ver al ciudadano subsahariano de la puerta. Vendía por la voluntad la publicación solidaria La Farola. Estaba tan integrado en la tienda, que hasta iba a las cenas de empresa. Posiblemente lo habían trasladado a otro local, o bien estaba de vacaciones, y debido a la crisis no le habían puesto suplente. Concha siempre compraba algo para él, un bollo y un refresco, o una tortilla precocinada sin cebolla y un cartón de mosto.

         Se abrió la puerta automática y apareció Melitón. Melitón Gosálvez era el jefe de tienda. Buena persona en el buen sentido de la palabra. Sus marcados rasgos indígenas delataban su procedencia.  Era un ejemplo del llamado sueño español. Llegó a España siendo todavía adolescente, y se hizo asimismo a base de esfuerzo y tesón. Sonrió a Concha con su amabilidad habitual, y le anunció entusiasmado que había sido premiada. Al ser la clienta número seiscientos sesenta y seis, le había correspondido un cheque regalo de mil euros, y la posibilidad de cerrar la tienda durante una mañana, para que comprara ella sola.

         Concha no se lo podía creer. Era reina por un día. Se sentía como Richard Gere en “Pretty Woman” cuando entra en la boutique con Julia Roberts y espeta aquello de: “Vamos a gastarnos una cantidad indecente de dinero, así que tendrá que hacernos mucho más la pelota”.  Le pidió a Melitón que fuera su personal chopped, y emprendieron  juntos el camino hacia la gloria, empezando por la bollería industrial: “Quiero una caja de cada, y cinco de Donuts con chocolatazo blanco, porque desde que los venden en envase individual, cada vez son más pequeños y no me hacen apaño”.

         “Tu no eres menos que la Beckham”, repetía Concha en voz baja a modo de mantra. Si a esa pija escuálida  le cerraban el Dolce&Gabbana de Milán, para que comprara en exclusiva, por qué no le iban a reservar a ella el super de su barrio, que también pertenecía a una empresa extranjera muy importante. Vió el pescado fresco, y empezó a gemir como Meg Ryan en la escena del restaurante de “Cuando Harry encontró a Sally”. Cogió gambones: “Para los niños, que les gustan con ajetes”, eligió una merluza entera del tamaño de un arcabuz de infantería, y un buey de mar: “Éste es como el que dice mi vecina que compra en Navidad. Ya será menos. Si están tan tiesos que no pagan ni la comunidad”. Anduvo dos metros: “¿Cómo salen los salmonetes, bonita? Ponme cuarto y mitad, que les estoy viendo el ojo, y hoy están fresquitos”. Se iba creciendo por momentos. Pasó de largo por los congelaos, mirándolos de soslayo, como pensando: “Indefectiblemente, mañana volveremos a encontrarnos, pero hoy no nos conocemos”.

         Concha Bada era feliz, no en vano estaba viviendo un sueño. Pero para que fuera completo faltaba alguien: Doña Isabel Pantoja. Dicho y hecho. ♫ Marineroooo de luceeeees ♫ empezó a atronar por la megafonía e inundó la enorme sala de punta a punta. Ahora sí,  todo era perfecto.

Llegó al imperio de las grasas saturadas, su hábitat natural. Se encaró con los ibéricos. Después de las pertinentes y protocolarias salutaciones, intercambió con ellos algunos lugares comunes: ¿Venís mucho por aquí? ¿Estudiáis o estáis en paro? En cualquier caso, la suerte estaba echada para estos indefensos productos porcinos. Llenó el carro con tanta determinación, que parecía que lo hubiera hecho en otras ocasiones.

         Al llegar a las carnes, no lo dudó: “Only solomillo”, con independencia del animal de procedencia, tuviera dos o cuatro patas. Se acordó de cuando siendo aún mocita, iba al pueblo: ¡Menudas parrilladas familiares an cá la tía Pollarda! Pensó en preparar una y luego subir la foto al Facebook, para que se pudrieran de envidia sus cuñadas, esas perracas que tomaban prestadas fotos del Telva-cocina, y luego las colgaban como si los platos fueran suyos.

         Se acercó a la zona de alimentación para mascotas, y cargó varias bolsas de comida para perros, esta vez no de marca blanca. “Qué contento se va a poner Toby”, exclamó ufano Melitón. “¿Toby? Para él he cogido tres kilos de filetes de añojo recién cortados. Estas bolsas son para mi esposo. Lo sofrío y lo salteo con patatas, y él cree que es estofado de ternera blanca”. Llamar animal a su marido hubiera sido ofender a los animales. Concha recordaba perfectamente cuando la había fornicado por última vez, pero era incapaz de evocar una ocasión en que le hubiera hecho el amor”. Fue a los vinos y eligió la botella más cara. “Como está acostumbrado al peleón con gaseosa, en cuanto tome vino de calidad, se le para la patata al primer trago”.

         “Melitón, quiero Coca-Cola: Diez cajas de botellines de cristal, que es la auténtica. La de botella de plástico no sabe igual, y digáis lo que digáis, esa promoción veraniega del envase de dos litros más doscientos mililitros gratis, es un timo. Eso no es Coca-Cola, es agua coloreada”. El probo empleado asintió con la cabeza sin emitir palabra alguna.

         Concha desfilaba hacia las cajas, preparándose para ejecutar con voz alta y clara esa frase que siempre había ansiado pronunciar delante de la cajera: “Buenos días, señorita, es un pedido. Lo quiero en casa rapidito, que si no se rompe la cadena del frío, y se me echa todo a perder”. De pronto, sintió un golpeteo suave y repetido en las mejillas. Tendida en la acera frente a la puerta del supermercado, abrió los ojos y vió a su querido Melitón: “Doña Concha, vuelva en sí. Se pegó muy meco contra el suelo, pero no se lastimó. Qué bueno que nos visite de nuevo hoy en la mañana. Se la ve linda, damita. Entre al market, que la va a pasar chingona con las ofertas que tenemos hoy para ustedes”.

         Concha salió de su ensoñación postraumática. Lejos de sentirse mal por no haber sido real lo ocurrido, se levantó con una enorme sonrisa y parafraseando a Tom Cruise en “Risky Business”, dijo para sí: “¡Pero qué narices!”. Al entrar, Melitón la tomó del brazo, y más cariñoso que nunca proclamó: “Doña Concha, es usted la clienta número seiscientos sesenta y seis, y en nombre de la empresa me complace comunicarle que ha sido premiada…”

Este es nuestro humilde homenaje a todas las conchasbadas del mundo, en la esperanza de que ellas también encuentren algún día su paraíso terrenal.