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sábado, 26 de abril de 2014

Descubierto un político del PP sin cuentas en Suiza.


La verdadera sabiduría no está en los paraninfos universitarios,  ni en las reales academias, ni tan siquiera en las bibliotecas.  Los conocimientos más importantes son los de las pequeñas cosas. Y ese saber, el más auténtico, se encuentra en las plazas de los pueblos, allí donde los lugareños se sientan a tomar la fresca, cuando el sol llega al ocaso.
 
Esos abuelos y abuelas,  en muchos casos analfabetos, saben más de la vida que el más laureado de los catedráticos. No hace mucho, estando de visita en una bonita villa del norte de España,  escuché decir algo chocante en boca de uno de estos senadores populares: "Cuando ganan las derechas, tienes la tranquilidad de que no te van a robar, porque son ricos por casa. En cambio, las izquierdas son muy peligrosas porque nunca han visto diez billetes juntos".
 
 
 
 
Sigo pensando que esos provectos hombres y mujeres son grandes filósofos, pero también se equivocan. Desde luego, referido a la derecha española actual hierran de principio a fin. En materia de corrupción, con el PSOE nos pusimos a la vanguardia europea. Pero lo que no esperábamos (al menos sus votantes), es que con el PP diéramos un paso al frente, y nos convirtiéramos en campeones mundiales. El listón sociata había quedado tan alto gracias a los desmanes corruptos del felipismo (Ibercorp, Filesa, GAL, Luis Roldán, Juan Guerra, BOE, fondos reservados, etc), que parecía que la plusmarca duraría varias generaciones. Los peperos, deportistas ellos, debieron pensar que un record está para batirlo, y se pusieron a entrenar día y noche.
 
“Se acabó la corrupción”, manifestaban los ancianos en las plazas de los pueblos, el día que Aznar ganó las elecciones. “Ya era hora de que nos gobernaran políticos honrados”, decían los más atrevidos. Así pareció ser durante las dos legislaturas que duró el aznarato, entre 1996 y 2004. Un tiempo de prosperidad económica basada en el “Cuento de la lechera” contemporáneo que fue la burbuja inmobiliaria. “España va bien” repetía con su voz monocorde el inquilino de la Moncloa. No le faltaba algo de razón: ETA ya sólo actuaba con cuentagotas, éramos el país europeo donde más empleos se creaban, el presidente de la nación más importante del mundo se refería a Josemari como “Mi amigo Ansar”, y los cansinos separatistas (es un error llamarlos nacionalistas, porque su supuesta nación ni existe ni ha existido nunca) del norte y noreste peninsular estaban en modo hibernación, mientras se alimentaban de esa gran ubre llamada Presupuestos Generales del Estado.
 
No nos engañemos. Por encima de ideologías, lo que de verdad motiva al españolito medio es cambiar de coche cada cinco años, irse de vacaciones en verano y Semana Santa, y tomarse unas cañas después del trabajo. El partido que asegure eso, tiene las elecciones ganadas de por vida. La izquierda lo sabía, y contraatacó con lo poco que tenía: el Prestige, y la puta foto de las Azores. Munición de fogueo para derribar a un elefante, aunque sea bajito y bigotudo. Hay elefantes como el de Botsuana, que posiblemente están ya muertos antes de recibir los reales disparos, pero en general, estos animales prefieren morir de viejos, antes que dejarse abatir.
 
 
 
 
Dicen los que saben de la cosa política, que en la segunda legislatura, los presidentes suelen perder la cabeza, y sobre todo, la conexión con la realidad. Los que entran a la Moncloa ya descabezados tienen la ventaja de que no la pueden extraviar, y se pasan el mandato enarcando la ceja mientras sonríen estultamente por todo,  amén de pedir la paz en el mundo, como si fueran una vulgar aspirante a miss. Desconozco si otros como Aznar, enfermo de vigorexia desde que pisó Palacio, fué quedándose sin redes neuronales a medida que hipertrofiaba sus abdominales. Lo que es indiscutible es que se fue gustando según transcurría el tiempo, y pasó del estar encantado de haberse conocido al endiosamiento puro y duro.
 
El faraón decidió que ocho años de su vida habían sido suficiente regalo para los desagradecidos españoles, y que no se presentaba a la reelección. Dicen que el buen maestro es aquel que aspira a que le superen sus alumnos. Nada más lejos de la realidad cuando esto se aplica a la política en general y a la aznarología en particular. De entre todos los sucesores posibles, Aznar eligió digitalmente (a dedo) al que menos sombra podía hacer a su legado, y al único que seguro, seguro, seguro jamás le superaría en nada salvo en estatura.
 
 
 
 
El heredero se presentó a las elecciones con una ventaja de 14 puntos en las encuestas sobre el candidato socialista. El PP hubiera ganado aquellos comicios hasta con Kiko Rivera como cabeza de lista. Pero casualidades de la vida, tres días antes de las votaciones, el fatídico 11 de marzo de 2004, España sufrió el atentado terrorista más grave de la historia de Europa. A partir de ahí, PP y PSOE ejercieron sus roles habituales: El PP, pardillo impenitente, se dejó engañar y acabó pidiendo perdón por existir. Después, hubiera sido capaz de asumir la autoría de la muerte de Manolete con tal de exculpar al toro Islero. Demasiado tarde. Mientras, el PSOE movió los hilos en la trastienda, manejando magistralmente la información y sobre todo la desinformación (“España no merece un Gobierno que mienta”), para hacer del pecado virtud, y de la mentira y las medias verdades, dogmas de fé.
 
Como resultado, la opinión pública, moldeable y manejable como la plasti con la que juegan nuestros niños en el cole, cambió masivamente su voto legítimo por otro igual de legítimo, pero con otro destinatario. El becario de Aznar se quedó comiendo sopas, y Cejatero recibió un flamante cochazo, aunque como la criatura no esperaba el regalo, ni tenía carnet de conducir, ni intención de sacárselo. Menos mal que siempre hay algún chófer dispuesto a sentarse al volante previo pago.
 
De lo que vino después hablaremos otro día, pero lo trascendente hoy es que Gürtel entró en nuestras vidas en 2009, cinco años después de la amortización electoral del PP. Gürtel no es el próximo futbolista lisiado por el que Florentino Pérez está dispuesto a pagar lo que le pidan, sino la trama de corrupción más importante de la historia de la derecha española. En los años donde el ladrillo era la locomotora de la economía española, una banda de mangantes no políticos, tejieron una trama “empresarial” con lo más granado de la élite pepera autonómica. Los tentáculos del pulpo llegaron a todos los confines de España. Allí donde se movía más dinero (Madrid y Valencia) fue donde el octópodo expulsó más tinta, hasta emborronar por completo la trayectoria política de un sinfín de políticos.
 
A los esperanzados cargos madrileños, Esperanza les fue quitando la silla uno a uno, mientras ella permaneció impasible en la suya. Años después, se levantó de repente y se fué. Ante nuestra atónita mirada, salió corriendo con la excusa de que quería dedicarle tiempo a su familia y poder recoger a sus nietos en el colegio ¡Hay que joderse!
 
Y ahí seguimos, conociendo cada día el nombre de un nuevo político pepero de la época, emparentado con la trama Gürtel. Cuando les descubren las vergüenzas en forma de cuentas ocultas en Suiza, engolan la voz y dicen aquello de: “Todo es rotundamente falso. Voy a querellarme contra quien ha difundido esa información. Renuncio a mis cargos para no perjudicar a mi partido, y para poder demostrar mi inocencia”.
 
 
Foto tomada de www.lavanguardia.com
 
 
Pasados los años, ninguno se querella, ni demuestra su inocencia, y por supuesto, nadie devuelve el dinero. Y aquí no pasa nada. Aparece un presunto delincuente común llamado Luis Bárcenas, cuyo único mérito en la vida ha sido distribuir dinero negro entre otros presuntos delincuentes comunes, y ser fedatario de ese reparto. No se le ha conocido empresa alguna, y supuestamente ha comido siempre de su sueldo. Cuando se descubre que tiene un pastizal en Suiza, el muy golfo alega que le ha tocado varias veces la lotería, y que algunas de sus inversiones pictóricas se han revalorizado mucho. Pero lo más sangrante es que a este tío, durante sus años de latrocinio múltiple, la declaración de la renta le salía a devolver. Mientras, el españolito medio sigue haciendo el milagro de los panes y los peces para llegar a fin de mes.
 
Menos mal que siempre hay alguien que te devuelve la fe en el sistema, y demuestra que no todos los políticos son iguales, al menos en el Partido Popular: “Yo, Román Gante, exconcejal de Urbanismo de Pozuelo de Alarcón, estoy en disposición de confirmar que no existe cuenta bancaria a mi nombre o al de mi esposa e hijos, en Suiza, Andorra, Liechtenstein, Islas Caimán, o cualquier otro paraíso fiscal. Asimismo, no tengo participación en sociedades interpuestas ni en España ni en el extranjero.
 
El dinero subsahariano (la palabra negro no es políticamente correcta), está perfectamente guardado en fajos de billetes de 500 euros, bajo el canapé de mi cama de matrimonio. Espero que cunda mi ejemplo, y otros se animen a regenerar la vida pública con ejercicios de transparencia como este”. Definitivamente, aquellos abuelos de la plaza del pueblo eran unos infelices. VanityFreakNews.

sábado, 4 de enero de 2014

La maternidad es el mejor método anticonceptivo.


       Quién le iba a decir a Olaya Nimeacuerdo que los científicos acabarían por darle la razón. Olaya quería ser madre de familia numerosa, pero pasaban los años, y el pequeño Timmy no tenía hermanitos con quien jugar.

         Ella y su marido conocían muy bien la causa, pero cuando hablaban del tema con la gente, sentían que les miraban como si estuvieran locos. Por eso ahora no pueden ocultar su satisfacción. Un estudio de la Universidad de Mijas Costa, concluye que ser madre es el mejor método anticonceptivo, muy por delante de los tratamientos hormonales o de los dispositivos de barrera.
 
 
 

         Estos resultados han sorprendido a la comunidad científica internacional, convencida de que el estudio es una coña: “Ya están los españoles como siempre. Su gobierno ha recortado drásticamente los fondos para investigación, y en consecuencia, el nivel de las publicaciones es aún más bajo que de costumbre. Hay quien dice que es por orden directa de Rajoy, interesado en que la ciencia nunca descubra por qué habla como si tuviera en la boca una patata caliente del McDonald´s”.

         El estudio se ha publicado en “Ser suegras”, revista de referencia entre las madres políticas de habla hispana. Está indexada como publicación de alto impacto. Y no nos extraña, porque suele tener entre ochocientas y mil páginas. Como se te caiga encima de un pie, te lo apaña.

Carmele Viatán, la queridísima y no siempre bien valorada suegra de Olaya está suscrita a la revista desde que era mocita: “Había que ir entrenándose para el futuro. Tarde o temprano todas acabamos teniendo nuera. Es ley de vida. Has de joder a tu hija política, igual que te jodió a ti tu suegra”.

         Una mañana cualquiera, Carmele se presentó por sorpresa en casa de Olaya: “Vengo a ver al niño, que a ti te tengo muy vista. Por cierto, que cara de cansada tienes”. Abrió el frigorífico: “Que vacío está. Igualito que el mío, que parece El Corte Inglés”, y destapó la olla: “Aghhh, esta vaca que has puesto para el ragout está muerta. Te tengo que decir un día donde compro yo la carne. Y ya te daré la receta, que aunque esté feo decirlo, a mí el estofado me sale buenísimo”.

         A esa altura de la inesperada visita, el cerebro de Olaya llevaba en modo off  bastante rato. Todos los días era la misma monserga y ya estaba acostumbrada: “¿Mi hijo? Trabajando, como siempre. Vaya vida que lleva el pobre, y lo delgado que se está quedando desde que no come en casa. La suerte que has tenido con él, bonita. Aunque también tiene su carácter ¿eh? No te vayas a creer que siempre está de buen humor. Yo soy su madre y lo conozco mejor que nadie”.
 
 
 

         Hace tiempo que Olaya retiró los cuchillos de la cocina para evitar cometer una barbaridad en un momento de debilidad y/o desesperación: “Bueno, despierta a Timmy, que se me hace tarde. En cinco minutos he quedado con mis amigas y no me va dar tiempo ni a darle un beso. Ya le llamo yo: Timmyyyyyyyyy”. Media hora después de ese grito sobrenatural, apareció Eutimio, recorriendo  cansinamente los cinco metros que separan su habitación de la sala de estar: Quince años, metro noventa de estatura, cuarenta y siete de pie, flequillo caído sobre la barbilla, heavy axilar, y expresión transida. Ni estudia, ni trabaja. Juega a la PlayStation, y entre partida y partida guasapea con los de su tribu.

         “Ayyyyy, ¿Quién está aquí, Timmy? ¿La yaya Conchi? Nooooo, que esa no viene nunca y además te hace siempre una mierda de regalos. ¿Cómo me llamo yo, cómo me llamo yo? Ayyyy, el tiempo que hacía que no te veía. Si yo creo que has crecido desde ayer. Toma cincuenta euros para que te compres algo, me devuelves sesenta y ya me darás el resto cuando la agarrada de tu madre te dé la paga. Ahh, y que te hagan factura, que luego me lo desgravo en hacienda como donativo.

¿Y de novia cómo andamos? Ni se te ocurra, que son todas unas lagartas. Tú te quedas con tu abuela, que alguien me tendrá que cuidar cuando falten tus padres. ¡Bueno, me voy que tengo prisa! Adiós Timmy. Adiós hija. Te dejo aquí esta revista, para que te culturices algo. Por cierto, ¿Estás más gorda o es que me lo parece? ¡Y qué cara de cansada tienes!”.

Olaya cerró la puerta con desgana y se miró en el espejo de la entrada, buscándose a sí misma: “Lo peor de todo es que la muy hija de puta de mi suegra tiene razón”. La casa se había quedado de nuevo en silencio. Eutimio había vuelto a la cama, y no se levantaría antes de las dos de la tarde, que es cuando ponen en Tele Deporte, el resumen de siete horas sin anuncios de los partidos de la Liga islandesa.
 
 
 

Abrió el “Ser suegras”, y pasó las páginas con cuidado, para no tocar la tinta azul tóxica que había en el ángulo inferior derecho de cada hoja. Desde que Carmele leyó “El nombre de la rosa”, llevaba años intentando envenenar a Olaya, como hacía el monje malo con sus hermanos del monasterio, cada vez que uno de éstos hojeaba el libro prohibido.

Le llamó la atención un artículo de título aparentemente contradictorio: “La maternidad es el mejor método anticonceptivo”. Ella podía corroborar en sus propias carnes la veracidad de las conclusiones de dicho estudio. Recordó con dificultad cómo era su vida de pareja durante el noviazgo. Olaya tenía sexo una vez al día, y su chico también, aunque él con los amigotes presumía de cinco o seis.

Se casaron, y aunque el ardor guerrero seguía intacto, la estadística se desplomó. De novios, mientras vivían por separado en casa de papá y mamá, tenían el cuerpo descansado y todo el tiempo del mundo para pensar dónde y cómo se lo iban a montar.  Pero la vida en pareja conllevaba que al llegar a casa después de trabajar, el sexo debía esperar. Compra, cocina, plancha, baños, polvo, aspirador, etc, son antiafrodisíacos muy efectivos. Y es que aunque parezca increíble, no todo el mundo en España tiene chica.

Luego están las inevitables cenitas con amigos … en casa propia. Olaya y su marido tenían la certeza de que sus colegas no vivían debajo de un puente, incluso conocían su dirección, pero nunca les habían invitado formalmente. Lo máximo que habían conseguido es un: “Desde luego, como sois. A ver si venís un día a casa”. “¡Coño! Probad a invitarnos un día concreto y ya veréis como sí que vamos”, pensaba Olaya.

El caso es que el matrimonio disminuye la libido, y quien diga lo contrario se engaña. No es que ya no te ponga tu marido, sino que no te quedan por fuerzas ni para llamar por el móvil (y ésto en una mujer es mucho decir). Una vez casada, Olaya pasó a tener sexo una vez a la semana, y su marido, también, aunque de puertas hacia afuera, siguió apuntándose cinco o seis al día.
 
 
 

Una de esas noches tontas de los sábados, Olaya se quedó embarazada. De todos es sabido que en los sábados, sabadetes se agrupan estadísticamente los encuentros sexuales de las parejas occidentales. Armstrong contaba en sus memorias que en el primer viaje espacial, estando allá arriba, los sábados siempre oían lamentos y gritos ahogados. Estaban acojonaditos porque pensaban que era vida extraterrestre. Nada más lejos de la realidad. La NASA les confirmó que lo que escuchaban eran gemidos orgásmicos provenientes de la Tierra, donde media humanidad le estaba dando al trijueque con la otra media.

Dieciocho meses después, nació el pequeño Eutimio, que hasta para venir al mundo fue lento. Y ahí se acabó el tema sexual para Olaya: “Finish, finito, game over, closed hole. Ya ni los sábados: Te levantas a las ocho, llevas al pequeño Timmy a maternonatación, luego a clase de chino (el resto de sus amiguitos están apuntados y tu hijo no va a ser menos). Después viene la clase de arte figurativo computerizado. Entremedias primera visita de los abuelos maternos y a continuación la de los paternos, sin solaparse, porque entre ellos no se pueden ni ver.

Almuerzo rápido, café con unos abuelos, merienda con los otros, visita de los primitos (para que se vean al menos una vez a la semana, también en tu casa, por supuesto), llamada al SELUR (Servicio Especial de Limpieza Urgente) y después al 112, para ver si con un poco de suerte, las autoridades reconocen tu casa como zona catastrófica.

Tercera visita de los abuelos, esta vez primero los paternos y luego los maternos, para que no se sientan discriminados. Baño de Timmy, cena rápida y a dormir, no sin antes llamar a los abuelos para ver cómo han pasado el día. Son las tres de la madrugada, una hora estupenda para dormir, y para otras cosas. Despiertas a tu marido, que está amodorrado en el sofá viendo la Teletienda. Te dispones a cumplir con el sacrosanto deber del matrimonio. Cuando después de mucho esfuerzo y concentración estás a punto de llegar al clímax, el pequeño Timmy, grita desaforado: “Mamaaaaaa, tengo sed, dame calimotxo”.

Se te viene el mundo encima, de hecho te das cuenta que por siempre jamás es lo único que se te va a venir encima, muy a tu pesar. Y no vuelves a tener sexo nunca más y tu marido tampoco, aunque él fuera de casa, siga proclamando que lo hace entre cinco y seis veces al día. ¡Las ganas, chaval, las ganas!” VanityFreakNews.

sábado, 7 de diciembre de 2013

“Médico de Familia”, elegida mejor serie de ficción de la historia.


Ni CSI, ni Los Soprano, ni Expediente X, ni Perdidos. La española “Médico de Familia” se ha coronado como mejor serie de ficción de la historia en el Chilindron Chicken Festival de Los Ángeles … de San Rafael, en Segovia.

De unos años a este parte, España está tan americanizada, que no es extraño que una serie hispánica hecha según los estándares yanquis, consiga este reconocimiento. Hay quien dice con ironía que somos el estado cincuenta y uno de la Unión, y posiblemente no le falta razón. Por ejemplo, muchos españoles no entienden a Rajoy. Bueno, a don Mariano no lo comprende nadie. Pero no nos referimos a sus decisiones, sino a cuando habla en castellano.
 
 
Tomada de www.cineol.net
 

Algunos teóricos defienden que su voz es así porque es un comedor de sopas compulsivo. Otros afirman con vehemencia que es porque tiene una medusa pontevedresa en la boca. Todos se equivocan. Rajoy se comunica en inglés, en la lengua del imperio, por eso no se le entiende una mierda. Y lo mismo ocurre con Poli Díaz, Dani Güiza, y Paquirrín. No son analfabetos funcionales, sino anglófilos que hablan en inglés americano. Lo de Leticia Sabater es diferente. Ella es de Marte del Norte, y constituye la prueba irrefutable de que los cirujanos plásticos marcianos operan como el culo, y de que en su planeta hay vida, pero no inteligente.

Pese a quien pese, “Médico de Familia” era una serie extranjera. Si observamos con atención, nos damos cuenta que hasta el mismo apellido de la familia protagonista, Martín, era sajón. Martin (con acento en la a), proviene del Condado inglés de Essex, al este de Londres, lugar donde se fabrican los coches de lujo Aston Martin. Los Martin yanquis son descendientes de los puritanos europeos que llegaron a América en el Mayflower.
 
 
Tomada de www.history.com
 

Los Martin (a partir de ahora y para ser rigurosos, acentúese siempre en la a) son una familia típicamente americana, que viven en una casa típicamente americana. En España no existen esos chalets adosados, con una pequeña parcela de césped perfectamente cuidado, delante de la puerta de entrada. Las familias españolas viven hacinadas en casas minúsculas donde los quince niños comparten habitación con la abuela, el perro, y el ordenador.

En una esquina de la mesa de la cocina de los Martin, cabrían las viviendas de tres familias españolas de clase media. Esas cocinas no existen, y los americanos las ponen en las películas por joder. Lo único que quieren es darnos en los morros, y decir: “No estamos gordos por casualidad, nos pasamos la vida comiendo”. Es cierto, todos recordamos a la Juani, burda traducción del inglés Lahuanee, aquella india sioux con acento andaluz (para disimular). Lahuanee era la doméstica de los Martin, aunque estaba en estado salvaje. No hablaba, gritaba. No se movía, se agitaba. Inolvidables aquellas pinzas florales para recogerse el moño, que parecía que llevaba el parque Yellowstone en el cogote. Lahuanee se pasaba el día cocinando para la tribu, porque como en América, los Martin comían no a sus horas, sino cuando se les ponía en el Gran Cañón.
 
 
Tomada de hzrtv.blogspot.com
 

La casa de los Martin parecía EuroDisney, bueno, más bien Disney World Orlando, que por algo en “Médico de Familia”, siempre era verano y nunca llovía. Por allí pasaba todo bicho viviente. Un fijo era Poli (pésima transcripción fonética del original, Paul E.), el eterno noviete de Lahuanee. Paul E. era un cherokee de Atapuerca, que se escapaba de su empresa todos los días varias veces, para visitar a su chica en su centro de trabajo y en horario laboral. ¡Con dos cojones! Esto es lo que en América del Norte se conoce como conciliación familiar, y entre nosotros se llama polvete entre horas, una costumbre españolísima.

Y es que en España ya no se respeta nada, ni siquiera a la cuarta  edad. En “Médico de Familia”, el abuelo Manolo, del inglés Man Olo (homenaje velado al Han Solo de Star Wars) era el gran patriarca, el referente familiar, la voz cualificada. Su opinión siempre era escuchada y tenida en cuenta. Cuando él pronunciaba su grito de guerra: “Pero Cheeechuuu …”, tras una trastada del cabroncete de su nieto, la audiencia entera se ponía en pie, y guardaba silencio. Ya hemos dicho que en esta serie siempre era verano, pero al abuelo Manolo le gustaba ir abrigadito: “Porque lo que quita el frío quita el calor”, y no se despojaba de la chaqueta Teba de color verde ni para la ducha semanal.
 
 
Tomada de delcuplealarevista.blogspot.com
 

Todo esto pasaba porque era una producción americana. Si hubiera sido una española, el abuelo Manolo llevaría la sempiterna chaqueta verde sólo en invierno, viviría recluido en una residencia pública de ancianos, y se fundiría la pensión en putillas y en la máquina tragaperras del bar de al lado.

Por no hablar de los niños, María, Chechu, Anita, y Alberto. Guapos, educados, bien vestidos y peinados, buenas personas y mejores hijos. Americanos de pura cepa, no como en una ficción española, donde los churumbeles hubieran sido una panda de desharrapados disfrazados de Neymar, feos como un tuto, emporretados y malos estudiantes.

El centro de salud donde trabajaba el doctor Martin también era un exponente de cómo se hacen las cosas en los Estados Hundidos de América. Allí el que cortaba el bacalao no era el coordinador médico, sino el celador, un listillo encorbatado (hay que joderse) que respondía al nombre de Marcial. Todo era camaradería en el universo Ballesol. No eran compañeros, eran amigos. Real como la vida misma. Pero para real la protesta formal que emitió el Colegio de Enfermería de España, en referencia al personaje de la Gertru, la enfermera coleguilla del centro de salud, cuya bata minifaldera sin blusa debajo, parecía más propia de una stripper  de despedida de soltero, que de una profesional sanitaria.
 
 
Tomada de www.cineol.net
 

Algunos estudiosos de la televisión, dicen que el gran éxito de la serie no fue gustar a todo el mundo, sino no desagradar a nadie. Nosotros creemos que la verdadera causa radicó en una argucia dramática, que por supuesto, inventaron en su día los yanquis. Es lo que ellos llaman “tensión sexual no resuelta”, porque como son americanos, son más cultos y lo dicen todo más bonito. Los europeos somos más de andar por casa, y lo conocemos como “calentón al ralentí”. La “tensión sexual no resuelta”, como su nombre indica, no puede tener final, porque entonces se pierde la gracia. Es un sí, pero no. Un hoy no, quizá mañana. Un piquito ahora y luego ya veremos. Es un bueno vale, pero sólo la puntita. En España esto no pasa, los personajes follan todos con todos antes de que acabe el primer capítulo, y problema solucionado.

Pobre doctor Martin, viudo antes de comenzar la serie, y sin poder beneficiarse a la hermana de su finada esposa, por culpa de los guionistas americanos. Para colmo, le habían buscado una cuñadita cañón. Alicia, interpretada (es un decir) por la no actriz Lydia Bosch, sufrió una metamorfosis física (la intelectual era un caso perdido) a medida que avanzaba la serie.

Su piel se fue oscureciendo progresivamente por culpa de la sobrexposición solar y de un fototipo VI, más propio de una masai que de una hembra española de pura raza caucásica. Y su talla de sujetador fue aumentando exponencialmente. Mediada la segunda temporada ya había llegado a unos muy americanos 120 centímetros, que hubieran permitido a la Bosch hacer un personaje episódico en “Los vigilantes de la playa”, aquella inolvidable serie donde hasta David Hasselhoff se puso pecho, y las socorristas emergían del agua con el pelo seco perfectamente enlacado, y el maquillaje intacto.

Con ese volumen pectoral acorde a los estándares de Silicon Valley, no podemos decir que el personaje de Alicia estuviera plana, pero en una serie española no habría dado la talla. Esto es España, y aquí empezamos a hablar de teta a partir de 140 centímetros como mínimo. Somos un país rural, y como tal, los machos hispanos estamos acostumbrados a vivir con el ganado desde la más tierna infancia. Por eso nos gusta que las mujeres tengan muchas domingas, por lo menos una ubre y cuatro tetillas, como las vacas. Dos, por grandes que sean, son una miseria.

El doctor Martin, pasó capítulo tras capítulo dándose duchas frías, y metiéndose bolsas llenas de cubitos de hielo en los calzoncillos. Éste sí que padeció en carne propia los efectos de ese invento extranjero llamado calentamiento global, y del viejo aserto latino: “Semen retentibus, venenum est”. Menos mal que ya al final, los guionistas americanos se apiadaron de la criatura y en un ataque de cordura, le permitieron contraer matrimonio con Alicia. Por fin se pudieron abrir las compuertas del pantano, que amenazaba con reventar. La tensión sexual se resolvió por una vez a la española. El primer salto de agua desembalsada dejó preñada a la flamante esposa en el acto, nunca mejor dicho. Nueve meses después nació no un niño sino dos, demostrando que los hombres españoles somos tan machos en la realidad como en la ficción, siempre y cuando el guión sea bueno.
 
 
Tomada de www.verema.com
 
 
Y es que donde esté un marrano correteando por los campos extremeños mientras come bellotas, para engordar esas benditas patas que luego se convertirán en sagrados jamones, que se quite el “In God we trust”. No decimos nosotros que como lema oficial de los EEUU no quede bonito, pero al lado del español no tiene nada que hacer: “El cerdo tiene bonitos hasta los andares”. VanityFreakNews.