sábado, 22 de septiembre de 2012

Supernanny rechazó la solicitud de amistad de su hijo en Facebook.


         Esta semana ha salido a la venta la autobiografía de Aitor Bellino, un perfecto desconocido, cuyo único mérito en la vida es ser hijo de la televisiva Supernanny: “Como ocurre con la mayoría de lo que se publica en España, yo firmo la obra, pero no la he escrito. Los de la editorial me ingresaron un cheque en el banco, y me dijeron que se encargaban de todo. Estaban empeñados en conocer los detalles más escabrosos de mis familiares y amigos, porque según ellos, si no hay escándalos, el libro no se vende. Escarbé en la memoria, pero por más que lo intenté, no encontré nada interesante. Somos una familia de lo más normal.
 
 

Mi tía tiene la sana costumbre de grabarse en video mientras se masturba, como hace todo el mundo desde Acapulco a Los Yébenes. Empezó en Super 8, y poco a poco fue cogiéndole el tranquillo hasta convertirse en una profesional. En casa tiene una estantería llena de antiguas películas, todavía en perfecto estado. Ha acabado haciendo hasta los vídeos de las celebraciones familiares. Cada vez que hay una trifulca por una herencia, una despedida de casada, o un entierro, allá que va la tita con su cámara al hombro. Las últimas Navidades reunimos pasta entre los primos y le compramos un teléfono de esos que graban en full HD. Dice que es el regalo más útil que le han hecho en su vida. Un día se equivocó y le envió un video a uno de sus amantes. Este lo colgó en la web de la parroquia. Si esto ocurre en un país escandinavo, con lo atrasados que están socialmente, se monta la mundial, pero en mi pueblo no pasó nada, como cabía esperar. Es profesora de francés y de griego en un colegio, pero como el director conoce sus habilidades, cada vez que la de Trabajos Manuales se pone enferma, mi tía le hace la suplencia.

Mi abuela era un fenómeno, una tía grande. Calculo que rondaría el metro noventa descalza. Tenía unas teorías un poco peculiares. Te miraba a los ojos, sonreía, y te arreaba un sopapo con toda la mano abierta. Decía que como el día era muy largo y seguro que alguna le iba a liar, que me daba ya el tortazo y así íbamos ganando tiempo. En su juventud había sido boxeadora amateur, y campeona de Castilla-La Mancha de lucha canaria. Yo la llamaba cariñosamente yoya, en vez de yaya. ¡Que jodía! Sabía pegar sin dejar marca. De ella aprendí que el vibradorazo no es el nuevo cupón de la O.N.C.E., sino el empleo de este utensilio como arma de defensa personal en un momento dado. ¡Cómo echo de menos a mi yoya!

         Ella llenó el vacío que dejó mi padre, alguien a quien no llegué a conocer. Soy fruto de una noche de paella y tinto de verano en la Playa de El Saler. Mi padre era de Nápoles y conducía un camión de mercancías pesadas. Me pasé la infancia gritando ¡Pa paaaaaaa!, cada vez que íbamos por la carretera y veíamos un veículo longo. Creo que ahora está en una cárcel de Angola, porque le pillaron vendiendo armas a la guerrilla opositora al régimen. ¡Menudo gilipollas! Mi yoya no se hubiera dejado coger nunca.

Y en cuanto a mí, soy un jovial veinteañero a punto de empezar segundo de E.S.O., que ha alcanzado todos sus hitos biopsicosociales   dentro de parámetros fisiológicos, e incluso algo adelantado respecto a la media. Con cinco años ya tiraba a la gente aceite hirviendo por la ventana, en vez de los globos de agua que lanzaban los pringaos de mis compañeros. Cuando cumplí diez incendié por primera vez mi casa, como respuesta a que mi madre me trajo el menú pequeño del Burger en vez del grande. Y con doce hice mis pinitos en el atraco con arma de fuego, por la tontería de ver que se siente cuando encañonas a alguien. Como ve, soy un joven de mi tiempo, un tipo corriente, que pertenece a una familia conservadora, tradicional, y por qué no decirlo, chapada a la antigua.

Tuve una infancia feliz, pero mi adolescencia se truncó cuando mi madre alcanzó el éxito. La veía más por televisión que en casa. Grabaciones, promociones, cenas, fiestas. Dejé de cometer pequeños hurtos en el colegio, y abandoné el hábito de delinquir a pequeña escala en el barrio. Empecé a frecuentar conductas anormales, con el objetivo de llamar la atención de mi madre: Iba a misa todos los días, estudiaba por las tardes, trataba gentilmente al grupo de loros que mi madre tenía por amigas, mantenía conversaciones intrascendentes en el ascensor con los vecinos más hijoputas. Mi esfuerzo fue baldío. Me sentía ninguneado. Llamaba al teléfono de aludidos de Supernanny, y siempre comunicaba. Les enviaba SMS y nunca salían en pantalla. Hasta le solicité amistad a mi madre en el Facebook, y me rechazó dos veces.

Por eso ahora me sincero. Que sepa la peña que Supernanny es un show. Todo está guionizado, y cada programa se edita, cortando y añadiendo lo que haga falta para que le producto final no se resienta. Por ejemplo, todos recordareis a Jose Julio, el niño pirómano de Cartagena. Estaba obsesionado con quemar a su padre. Al final lo consiguió. Pobre hombre, como gritaba pidiendo auxilio mientras era pasto de las llamas. Y Supernanny mientras diciéndole: “Paco, sabes que tu hijo te está poniendo a prueba. Si te das por aludido, reforzarás un patrón psicológico erróneo. Total, sólo tienes quemaduras en el 90% del cuerpo. Haz como si no pasara nada”. Pues pasó. El tal Paco quedó reducido a una bola del tamaño de un nugget churruscado. Menos mal que tenía un hermano mellizo, y se pudo acabar el capítulo, sin que se notara el cambiazo.

También es difícil olvidar a Lorena, la adolescente de Albacete que coleccionaba navajas y cuchillos. Estaba convencida de que el diablo vivía en su madre, y un día, bajo la comprensiva y condescendiente mirada de Supernanny se puso a buscarlo. La mamá de Lorena no tenía hermana, ni melliza ni gemela, así que hubo que fingir que se había ido de viaje. Ya te digo, viaje de ida pero sin vuelta.

O Genarín, el púber milenarista de Vigo, que había cavado un búnker en el jardín de la casa familiar, y vivía allí, pertrechado de chuches y Cola Cao. Esta temporada el niño estrella será Lucho, un zagal de diez años de Mieres. Dice que es murciélago, y Supernanny ha hecho que los padres pongan en la habitación una barra en el techo, para que la criatura duerma colgada cabeza abajo. Lo peor es que como cree que vuela, cada vez que baja por la noche para hacer pis, se pega unas leches de impresión. Mi madre les ha dicho a los papás que de momento hay que dejarlo, porque está forjando su personalidad. Si más adelante la cosa se pone chunga y confiesa que es un vampiro, entonces a lo mejor hay que hacer algo, pero siempre respetando su esfera vital.

Así es Supernanny, cada programa una o dos muertes. A este paso, Rajoy la nombrará ministra de Trabajo, porque está acabando con el paro. Por mi parte, ahora estoy más contento. Me inventé un perfil falso en el Facebook, llamado Benito Camela. Hasta le puse foto de portada. Benito le pidió amistad a mi madre, que inmediatamente aceptó. De esta forma, hablo con ella todos los días. Algo es algo. VanityFreakNews.

 

 

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