sábado, 1 de septiembre de 2012

Un socorrista fallece en acto de servicio.

      
         Una muerte es la noticia que ningún profesional querría dar, si pudiera elegir. Pero la tristeza es aún más profunda cuando el protagonista del hecho luctuoso es una persona que se dedica a ayudar a los niños. Esta semana hemos conocido el fallecimiento de un socorrista, en acto de servicio.  Efectivos del SUMMA se desplazaron de inmediato al lugar de los hechos, pero sólo pudieron certificar el fatal desenlace.
Blas Pernales, presidente del complejo residencial Los Altos del Deán, se ha erigido en improvisado portavoz del desolado vecindario. Roto por el dolor, habla así: “Como presidente de la comunidad de propietarios, tengo el deber de anunciar que nuestro socorrista, Josué Vazos Gordos, ha muerto. Se nos ha ido un grande, alguien que ha dejado su impronta personal en Los Altos del Deán, y en esa camiseta gris pulguero, que no se quitó desde la inauguración de la temporada el pasado 9 de Junio, hasta el funesto día de hoy. Josué no abrirá la piscina mañana, y tampoco al día siguiente. Ya no podrá cortarse las uñas de los pies, ni explotarse las espinillas de las ingles mientras vela por nuestros pequeños. No habrá requiebros soeces para las adolescentes, ni flirteos indisimulados con las cuidadoras de los niños. Crescencio, el abuelo de Joshua, se quedará sin compañero de mus. La empresa mandará un suplente, y a lo mejor, por fin, tenemos un socorrista.
 
                                             
 El sabía que aquí era uno más. De hecho, estuvimos casi a punto de invitarle dos veces a las barbacoas que celebramos en las zonas comunes. Y más aún, si eramos impares en los partidos de dobles de ping pong, le dejábamos jugar hasta que llegara el vecino que faltaba. Era por encima de todo un hombre fiel. Cuando los de El Encinar del Canónigo, vinieron para llevárselo a mitad de temporada pagando la cláusula de rescisión, Josué renunció a la mejora de contrato que le ofrecían. Como premio, le dejamos que aumentara el número de amiguetes que invitaba habitualmente a nuestra piscina, y reforzamos su dieta habitual a base de cortezas de cerdo y Coca-Cola Zero, con una tarjeta descuento de supermercados Día, para patatas fritas y galletas saladas.
Tenía un corazón que no le cabía en el pecho, y según ha ido avanzando el verano, un hígado que le ocupaba toda la tripa. Incomprendido al principio, se ganó poco a poco el respeto de propietarios, alquilados, conocidos de los alquilados, okupas, e invitados de los okupas. Hay quien asegura que tenía piernas, porque un día, cotilleando desde la ventana, vió como se levantaba de la tumbona un instante. Lo que nadie se atreve a afirmar por prudencia, es que supiera nadar. Practicaba métodos poco ortodoxos, pero de innegable efectividad. Si un niño pequeño caía accidentalemente al agua, dejaba pasar unos minutos antes de pedir auxilio, porque como él decía, tienen que curtirse, y si el abuelo de la criatura se tira enseguida, el enano no aprenderá a nadar nunca. El amor a su profesión le llevaba a pasar el invierno reciclándose en multitud de cursos de formación: Experto en ejecución simultánea de medición de la cloración del agua y prospección nasal con el dedo índice izquierdo, Especialista en no dejar de hablar por el móvil cuando le pides algo, Diplomado en cadenas motrices de elementos orgánicos sobrenadantes, Técnico superior en siesta del carnero, y así hasta más de cuarenta títulos acreditados.
He trasladado a la junta de vecinos la propuesta de conceder a don Josué Vazos Gordos, la medalla de oro de la comunidad a título póstumo, que será entregada al gerente de su empresa, ODT Piscinas, en una sencilla pero sentida ceremonia, celebrada en los prolegómenos de la próxima barbacoa. Se especula conque dicho representante realice la brocheta de honor, y se quite las bermudas para mostrar debajo un bañador fardahuevos con la leyenda: Josué, no te olvidamos.
Dotado de una coherencia irreductible, murió como vivió: Durmiendo. Durante la segunda siesta de la tarde, su ronquido, de natural fuerte, fue atenuándose progresivamente, a medida que se iba atiplando. De pronto, se hizo el silencio, su pecho se sacudió en un espasmo seco, relajó esfínteres, y se olvidó de vivir. Quién iba a pensar que sus palabras de horas antes serían premonitorias: Estoy sometido a un estrés sobrehumano, cualquier día de estos se me para la patata. Que el Dios de los socorristas se apiade de él, y le de trabajo fijo. Muchas gracias”.
Triste día para los vecinos de Los Altos del Deán, una de esas comunidades levantadas tras robarle un trozo de terreno al campo, y localizadas lo que viene siendo enatomarporculo, en cualquier inhóspito paraje extramuros, incomunicado por tierra, mar y aire. Allí, un puñado de curritos de clase media-media, creen vivir como Ricos y Famosos, porque se reúnen en el salón social en vez de en la cantina. Tienen césped en las zonas comunes, cuando hasta antes de ayer, ellos sembraban hortalizas en el huerto. Se mojan el culo en ese charco que llaman piscina. Han cambiado boina por gorra, y petanca por paddle. Antes tenían habilitada la era del pueblo como giñasio público, y ahora hacen ejercicio físico en el gimnasio comunitario. Asfixiados por la hipoteca, viven creyéndose su propia mentira, y miran por encima del hombro a los compañeros y familiares que no viven “en un residencial”. Cuando ven en la tele las típicas teleseries familiares norteamericanas, se miran de soslayo, y con una sonrisa cómplice dicen: “Mira cari, igual que nosotros”.  Efectivamente, igual … igualito. Pobres infelices. VanityFreakNews.
 
 
 
 
 
 

4 comentarios:

  1. Genial! Siempre he pensado eso de si sabían nadar, o quizás andar...

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    1. Gracias, Sergio. Qué lástima que la entrada ya estuviera escrita, porque el socorrista que ha venido hoy daría material para una novela río. ¡¡Vaya friki!!

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  2. Lo de socorristas es de traca, son chulospiscina, si se tienen q tirar al agua cuidado q se despeinan

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    1. Alguno se ha sacado una carrera, estudiando durante la jornada laboral.

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