domingo, 8 de septiembre de 2013

Una bruja se retira para ejercer de suegra a tiempo completo.


         Reme Tomentodo, decana del Real Colegio de Brujas de Madrid, ha decidido colgar la escoba, y quitarse el grano peludo de la cara: “Después de cuatrocientos años cotizando a la Seguridad Social, ha llegado el momento de dejar paso a las nuevas degeneraciones”. De hecho, a pesar de su avanzada edad, había seguido ejerciendo gracias a una dispensa especial de la Comunidad de Madrid. En su siglo, Reme fue compañera de pupitre de Esperanza Aguirre. Quizá ahí se encuentre la razón de este trato de favor, por parte del poder político regional.
 
 

         Se da la circunstancia de que el pasado 2 de Mayo, Reme recibió de manos de la presidenta madrileña, la Gran Cruz de San Isidro: “Por su dilatada trayectoria de servicio a los madrileños de bien, y por su incansable labor amargando la vida a los opositores políticos al Partido Popular, y a los indeseables que todavía no nos votan”.

         Reme ha declinado hacer declaraciones para Vanity Freak News, pero Fortunata Montada, fallecida en 1808 y amiga de la infancia de la hechicera, ha aceptado amablemente nuestra invitación, con la condición de permanecer en el anonimato, y de que le hiciéramos photoshop en el reportaje gráfico que acompaña a la entrevista. Ésta se realizó mediante el popular método de la güija, en un caserón abandonado.

         “Tras tantos años de profesión, Reme está cansada. Últimamente no es la misma. Una noche de luna llena, nos confesó a los más allegados que tal y como se estaban poniendo las cosas, lo mejor era jubilarse.
 
 

Por culpa de los recortes, le han reducido un metro la longitud de la escoba, y ya no vuela con la misma seguridad que antes. Además, si como todo parece indicar, el sistema público de pensiones acababa quebrando, le agobia la posibilidad de tener que recurrir a la caridad sus últimos siglos de vida.

         Reme quiere tener tiempo para su marido y poder llevar a sus nietos al colegio. En definitiva, ser una abuela normal. Pero eso no significa que se retire totalmente de la vida pública, sino más bien pasar a un discreto segundo plano. Esta mala pécora, como a ella le gusta ser denominada, seguirá actualizando personalmente los contenidos de la web jodiendoyernosynueras.com. Se trata de un punto de encuentro en el ciberespacio, amable y distendido, donde las suegras de toda clase y condición,  comparten experiencias vitales de lo que se supone es su leitmotiv: minar subrepticiamente la salud mental y física del hijo/a político/a en cuestión.

         El foro de la web es uno de los más activos de internet. Allí se dan cita vudú, santería, magia negra, mal de ojo, técnicas de envenenamiento, y artes marciales milenarias. Todo vale con tal de acabar con el yerno, ese ser abyecto y depravado, que arranca del seno familiar a las damiselas inocentes, con el único fin de someterlas sexualmente, y buscar la ruina emocional de sus desoladas madres. Todo sea por liquidar a la nuera, esa hembra lasciva y libidinosa que un día cogió por los huevos al calzonazos del niño y se lo llevó de casa para siempre.

         La página tiene enlaces a los sitios web de los principales grupos de sicarios que operan habitualmente en España, desde los despiadados Kaminsky, exmilitares veteranos de la guerra de Chechenia, hasta los Cortázar, antiguos miembros del Cartel de Cali, especialistas en matar a sus víctimas a la antigua usanza, mediante el procedimiento de la corbata colombiana.
 
 

         Reme Tomentodo quiere consagrar el resto de su existencia terrenal, a ajustar cuentas con Alonso Juzgado, un cazadotes que le arrebató a su Laurita enamorándola con malas artes. Un fantoche con tres carreras, cuatro master, y cinco idiomas, además de flamante consejero delegado de una multinacional.

La niña tenía que haberse quedado en casa cuidando a Remedios, o en el peor de los casos, casarse con Matías Todas. Este apuesto mancebo era el que ella había elegido para su Laura. Era un chico de buenísima familia, sin oficio ni beneficio. Por circunstancias de la vida y porque sus abogados la cagaron, había cumplido varias condenas por delitos contra la salud pública, homicidio frustrado (porque el muerto ya estaba muerto), proxenetismo y robo con intimidación. Qué diferentes hubieran sido las cosas si la niña hubiera aceptado a Matías”, se sincera Fortunata Montada.

No le falta razón. Hubieran sido distintas sobre todo para el bueno de Alonso Juzgado, quien pagó caro su pecado. La arpía de su suegra focalizó en él todo su talento para el mal.

Reme Tomentodo era una bruja chapada a la antigua, directa y expeditiva. No hay nada como una conversación sincera para solucionar un problema. Por eso, lo que le pedía el cuerpo cuando se encontraba con su yerno era darle una buena patada allá donde residía su hombría. Pero no podía ser así. Reme era muy popular. Cualquier práctica fuera de la ortodoxia supondría un escándalo, y eso era algo que el colectivo que ella presidía no se podía permitir en la coyuntura socioecómica actual.
 
 

Desempolvó los viejos libros de cuando estudiaba y no paró de leer y releer hasta que encontró el embrujo adecuado. Necesitaba el resguardo del compromiso de permanencia de su yerno con Movistar, un pelo axilar y otro escrotal de Alonso, ambos escrupulosamente limpios, y una foto reciente de cuerpo entero como Dios, o sea como Angela Merkel, lo trajo al mundo. Subió el caldero grande del trastero, y una noche de luna llena, lo llenó con aguas fecales recogidas del río. Lo puso a cocer a fuego lento, mientras iba añadiendo huesos de rata disléxica, ojos de rana estrábica, y cuerno de rinoceronte engañado por su hembra. Cuando la poción rompió a hervir, le añadió una hamburguesa de Ikea, y esperó cinco minutos. Tomó los dos pelos de Alonso, recios como escarpias, y los entrelazó formando un pequeño pincel. A continuación, mojó la punta en el líquido maléfico, y mientras cantaba a capella canciones de los Hombres G, dibujó en la foto una cruz invertida, y escribió el maléfico número 666 en cada una de las cuatro esquinas.

Era un método infalible. En tres o cuatro días, el embrujado empezaba a sentir los efectos deletéreos de la magia. Pero con razón decía Remedios que su yerno era de la calaña del diablo. El tío ni se inmutó. Al contrario, había mejorado, como Bustamante desde que se casó con Paula Echeverría.
 
 

Reme aparcó el orgullo, y como buena mujer, se decantó por el pragmatismo Ni nigromancia, ni ocultismo, ni leches. Para acabar con el individuo que le robó a su hija, ejercería de suegra. Así lisa y llanamente. En cuanto presentía que Alonso había vuelto del trabajo, se presentaba en su casa por sorpresa alegando razones a cual más peregrina. Ya de paso, se  autoinvitaba a cenar todas las noches. La conversación siempre giraba en torno a los exnovios de Laura, todos presidentes del gobierno de sus respectivos países. También salía a colación sistemáticamente el hermano de Laura, Premio Nobel todos los años varias veces. Los fines de semana, Reme llamaba por teléfono entre diez y quince veces al día, sin ningún motivo especial, simplemente por joder.

Se autolesionaba sutilmente con un cutter para que su yerno la tuviera que llevar a Urgencias un día sí y otro también. Pero sobre todo, no paraba de hablar: Con la boca llena, con la televisión encendida, con la cabeza metida dentro del microondas, con el bozal puesto, bla, bla, bla. Aunque para ser sinceros, nunca decía nada.
 
 

Alonso no pudo resistir. Poco a poco, empezó a perder batallas, y al final, la guerra. Su deterioro físico era evidente. En pocos meses pasó de ser un clon manchego de Bertín Osborne, a una mala copia del gran Fary, si es que Dios nuestro señor, hubiera permitido al pequeño gran cantante vivir hasta los noventa años. Psicológicamente, ya no le hacían efecto ni las tortillas de trankimazines que le preparaba su madre. Acabó sus días, subido a cuatro patas sobre el bidé del cuarto de baños de invitados, mientras aullaba a la luna. Falleció sin causa orgánica aparente. Su hastío vital no le hizo caer en la cuenta de que para seguir viviendo, era necesario respirar de vez en cuando.

Reme Tomentodo lloró su pérdida exactamente tres segundos y dos décimas. A continuación, al grito de: “Lauritaaa, hijaaa, la vida sigueee”, preparó un aquelarre como Satanás manda, para festejar que se había librado del mindundi de su yerno”. VanityFreakNews.
 
 

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