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domingo, 22 de junio de 2014

Letizia es nombre de reina.


Otro duro día comenzaba en la vida de Pocholo el feo. Así era conocido, en los círculos de la alta sociedad española, Cristóbal Álvarez de Urquiola y Fontecha, decimoquinto conde de la Gandarilla, octavo marqués del Viso, y dos veces Grande de España, pese a sus escasos ciento setenta centímetros de estatura recién duchado. El apelativo despectivo servía para diferenciarlo del otro Pocholo, Cristóbal Martínez-Bordiú, el aristócrata friki popular por su vida disipada, y por sus apariciones televisivas siempre desaforadas.
 
A través de la ventana se podía contemplar la hierba perfectamente cortada del campo de golf. Un pequeño grupo de pájaros exóticos bebía en el lago artificial situado junto al hoyo siete. Sus trinos armoniosos dibujaban en el aire las notas de la Primavera de Vivaldi. Los árboles, mecidos por el viento, se cimbreaban acompasadamente, recobrando la verticalidad justo cuando parecían querer tumbarse a descansar sobre el césped. Al atravesar su frondoso ramaje, la luz solar formaba sombras tan inverosímiles, que por momentos cobraban vida como si fueran criaturas de fábula.
 
 
Foto tomada de www.rfegolf.es
 
 
Como habrá adivinado el avispado lector/a, esta estampa idílica no pertenece a San Blas o a Pan Bendito, ni tan siquiera a la Cañada Real Galiana. En esos pagos, la naturaleza es mucho más mundana. La única hierba existente es la que se fuman los desheredados de la vida. Casca un sol de cojones y hasta donde deja ver la polución, no hay un puto árbol en el horizonte. Los gorriones, vestidos con plumaje de color asfalto, picotean cagarrutas secas de perro, que cual minas antipersona, se disponen aleatoriamente sobre las aceras. Si el viandante se para dos minutos en una esquina, le robarán la cartera, le harán un graffitti en el careto, o incluso las dos cosas a la vez.
 
Pocholo no había estado nunca en el extrarradio. Para ser honestos, ni siquiera tenía noticia de su existencia. La única posibilidad de visitarlo era perderse por accidente, como les ocurría a los protagonistas de "La hoguera de las vanidades" en el Bronx neoyorkino. Él saludaba al nuevo día desde su mesa del Real Club Puerta de Hierro de Madrid. Punto de encuentro de lo más granado de la sociedad madrileña, bastión inexpugnable del pijerío capitalino, donde la gente bien nace, crece, se reproduce y muere de forma endogámica. Es un núcleo cerrado donde no se acepta la entrada de extraños. Pocholo todavía recuerda cuando el Presidente Suárez, años después de abandonar la política,  y ya convertido en Duque de Suárez, se hizo socio y empezó a frecuentar las instalaciones. Era considerado un advenedizo.  Allí, seres de apellidos largos como ristras de ajos, compiten entre sí por ser los dioses más importantes del Olimpo patrio. Los metros de eslora de los yates que tienen atracados en Puerto Portals o en Puerto Banús determinan el poder económico de sus propietarios. Y los títulos nobiliarios establecen el prestigio social de las familias que los poseen.
 
Como cada mañana desde que alcanzaba su memoria, Mauro le había traído a la mesa un zumo de naranja natural y una tosta de pan recién horneado. Sobre un lecho de aceite de oliva virgen, descansaban finas lascas de jamón de bellota cuidadosamente cortadas. Nada mejor que un buen desayuno para afrontar con garantías una dura jornada de trabajo.
 
 
Foto tomada de www.elpaís.com
 
 
La crisis económica asolaba el país de norte a sur, dejando un rastro de miseria que costaría varias generaciones erradicar. La nobleza no era ajena a esta situación. Las familias de alta alcurnia habían visto reducidas sus fuentes de ingresos exponencialmente, al tener que cerrar muchas de las empresas que sus padres y abuelos fundaron en épocas de bonanza. Mantener el patrimonio era muy caro. La conservación de los suntuosos palacios, el cuidado del parque móvil, la organización de fiestas, las nóminas del servicio, etc suponían varios miles de euros a la semana. Ninguna familia quería reconocer que lo estaba pasando mal. Disimulaban como podían, y buscaban nuevas formas de financiación.
 
Ante esta situación, Pocholo se había visto en la obligación de abrir al público el palacio de Benamejí. El dinero generado por las visitas no cubría los gastos corrientes, pero suponía una ayuda importante. El morbo de ver la cama donde Felipe II se reunía con su favorita para dirimir a calzón quitado cuestiones de estado, la curiosidad de visitar la sala donde murió asesinado el Condestable de Castilla, mientras le limpiaba el sable la persona inadecuada, u observar la colección de armaduras de los Castro de Urquiola, suponían reclamos turísticos de primer orden para los españoles de la Generación WhatsApp. Allí, los palurdos celtibéricos de nuevo cuño, descubrían que más allá de Juego de Tronos y El señor de los anillos, existió una época donde España era la primera potencia internacional, el epicentro de un imperio donde nunca se ponía el Sol. Y que más allá de corinas y botsuanas, el puterío ha acompañado a las casas reinantes desde la noche de los tiempos.
 
 
Foto tomada de www.semana.es
 
 
Este parque temático de la españolidad más rancia conservaba el esplendor de antaño. Visitarlo era viajar por nuestra historia. Y precisamente la de hoy era una mañana histórica. A muchos kilómetros de allí, Pocholo el feo degustaba su desayuno. Había abandonado su habitual look casual chic, en beneficio de un sobrio chaqué. No todos los días se tiene el privilegio de asistir como invitado a la proclamación de un rey de España. Su Majestad y Pocholo eran amigos desde la infancia. Estudiaron en Santa María de los Rosales, y compartieron internado en Canadá siendo ya adolescentes. Después se separaron durante la etapa de formación militar del príncipe heredero, aunque nunca perdieron el contacto: reuniones en casa de amigos comunes, cacerías en la finca de tal o cual nuevo rico con ansias de arrimarse a la Corona para adquirir estatus, viajes privados al extranjero, el palco de Roland Garros, el del Madison Square Garden, etc.
 
Pocholo conocía bien a Su Majestad, y no lo envidiaba: “Desde pequeño, Pipe siempre fue consciente de quién era, y lo que le esperaba en la vida. Pronto supo que su margen de maniobra era reducido y su capacidad de decisión inexistente. Durante la infancia, las imposiciones se sobrellevan con naturalidad, porque al fin y al cabo, cualquier niño vive supeditado a la autoridad paterna. El problema viene cuando te haces mayor, y encuentras el amor en la hija de un aristócrata, amiga desde la adolescencia. Tus padres, que llevan vidas separadas desde hace años, aunque de puertas afuera sean un matrimonio normal, te dicen que esa relación no es posible, porque los padres de ella están divorciados. Tú tienes que escoger entre el amor y ser rey. Eliges lo segundo.
 
Te vuelves a enamorar, esta vez de una noruega caballuna, aspirante a modelo. Eres consciente de que la cosa tiene menos futuro que Casillas en el Madrid, pero te la llevas de acompañante a una boda real. Tus padres te vuelven a decir que te olvides de esa historia. Esta vez la excusa es que es plebeya. Eliges de nuevo ser rey, antes que amar y ser amado.
 
 
Foto tomada de www.elsalvador.com
 
 
El tiempo pasa, y la presión sobre ti aumenta, porque la misión de un príncipe heredero es casarse y traer al mundo más príncipes herederos. Un día conoces a una bella periodista, nieta de taxista, hija de padres divorciados, y divorciada ella misma. Os enamoráis, y como en la canción de Luis Miguel, le dices: “O tú o ninguna”. Ya sabes lo que te van a decir tus padres, porque has visto la película mil veces, así que les cuentas que tu hermana mayor se ha casado con un tío que no ha acabado ni la carrera, y la pequeña con un jugador de balonmano que todavía no la ha empezado. Y porque no eres futurólogo y no sabes lo que uno y otro harán con el paso de los años, que si no empiezas a hablar y no paras.
 
Vuelves a elegir ser rey, pero esta vez, como Julia Roberts en “Pretty woman”, quieres el sueño completo, y te llevas también a la chica, a pesar del monumental mosqueo paterno. Os casáis, y seguís soportando todas las leyendas urbanas que se difunden sobre ella. La partida de nacimiento demuestra que no estaba en Dallas el día que asesinaron a JFK, y la Wikipedia confirma que a Manolete lo mató Islero. La mujer que médicamente no podría tener hijos, concibe dos infantas de España.
 
La rumorología sigue siendo una ciencia puntera en nuestro país, y de las pocas en que se invierte en I + D. Todos tenemos un vecino que tiene un primo que tiene un amigo que se encontró contigo y con la noruega caballuna en un hotel del norte de Europa el verano pasado. El runrún de desavenencias en vuestra pareja cada vez suena de forma más insistente, y hasta Zarzuela le da pábulo.
 
Y en estas, tu padre, anciano y enfermo, decide abdicar la Corona, y retirarse a vivir lo que le queda, en soledad, acompañado, o como Dios le dé a entender. Ha llegado tu momento Pipe, perdón, ha llegado su momento, Señor. Ya es Felipe VI, Rey de una España, excatólica, exmonárquica, expolítica, excampeona del mundo, y camino de ser Expaña.
 
 
Foto tomada de www.eldia.com.ar
 
 
La Corona pesa mucho como para poder soportarla una sola cabeza. Para desempeñar esta empresa compartida, cuenta con la mujer que eligió libremente (esta vez sí). La Leti ya no existe, porque ahora Letizia es nombre de reina. Tienen todo en contra para que la monarquía perdure, y esa princesa de anuncio, se convierta algún día en la Reina Leonor.  Pero los partidos duran noventa minutos, y la remontada es posible cuando se juega con humildad, espíritu de sacrificio, coraje y ambición. ¡Larga vida al Rey y la Reina! Que Iberdrola los ilumine, y que les de la buena energía que no le ha dado a La Roja en el Mundial de Brasil”. VanityFreakNews.

sábado, 16 de marzo de 2013

Una mujer introspectiva intenta suicidarse comiendo fabada.


         Hay personas que nacen con estrella, y personas que nacen estrelladas. Guadalupe Dorra pertenece al segundo grupo. Su absoluta carencia de belleza física hizo que desde la más tierna infancia, viviera marginada. Año tras año, ganaba de calle el concurso “Patito feo de la clase”. No era fea, era compleja de observar.
 

         Con ser este un problema trascendental de cara a la integración de Lupe en su medio biopsicosocial, la niña tenía otro rasgo distintivo que marcaría indeleblemente su forma de relacionarse con otras personas. Padecía meteorismo. No hablamos de algún pedete furtivo. No nos referimos a un gasecillo sin malicia y emitido de soslayo, como quien no quiere la cosa.
 
 
 

 
Guadalupe era una máquina entrenada para matar. A las pocas horas de nacer, y mientras expulsaba el meconio, se estrenó en su faceta de francotiradora. El resultado fue la amputación traumática del miembro superior derecho de su madre, a la altura del tercio distal del antebrazo. El pediatra nunca pudo introducir en su dieta legumbres u hortalizas. De igual forma, tenía prohibidas las bebidas con gas.

 
Ella se sentía distinta, y los niños, con esa crueldad tan inmisericorde de la que a menudo hacen gala, no dudaban en recordárselo constantemente. Jugando al escondite perdía casi siempre, porque el sonido de su incesante tránsito intestinal, hacía las veces de GPS, y delataba su posición con precisión matemática. En clase de gimnasia, paraba de correr antes de empezar, porque desarrollaba flato anterógrado. Ya siendo mocita, en las discotecas, la gente dejaba alrededor de ella un perímetro de seguridad de cinco metros en las piezas lentas, y de diez a quince si la música era reggaeton.
 

Poco a poco, fue forjando una personalidad reservada, reservada a ser una paria social, un despojo humano, un desecho de tienta. Su destino era caminar por el mundo en soledad, con la única compañía de su hedionda vida interior. Estudió Imagen y Sonido, donde sus cualidades saltaban al oído. Sus profesores de prácticas padecieron sus habilidades físicas, y no dudaron en encauzar su futuro profesional hacia el mundo del cine.
 
 
 
 

Durante un tiempo, no hubo película bélica o de catástrofes naturales, donde no participara Lupe. El sonido directo cada vez se emplea menos, por lo que hay que grabar las voces, la música, y los ruidos en estudio. Gracias al talento no tan oculto de la Dorra, sobrenombre por el que era conocida en el mundillo, en la pantalla cobraban vida tiroteos, explosiones, terremotos, erupciones volcánicas, y tsunamis varios. Su trabajo en la remasterización de “Armageddon” le valió una nominación al Oscar, y un apercibimiento de cierre del estudio de grabación por parte de los inspectores de Sanidad, que determinaron que aquella atmósfera irrespirable era perjudicial para la salud.


Un productor estaba preparando una película sobre el Big Bang, y tanteó a Lupe, que ya tenía caché de estrella. Firmó el contrato, y sin preaviso, desapareció dos días antes del comienzo del rodaje. Su cuentas de las redes sociales fueron borradas, su celular estaba apagado, el fijo descolgado, y su nombre no figuraba entre los ingresos urgentes de ningún hospital. La última esperanza es que estuviera alojada en un hotel de Zahara de los Atunes, que es donde dicen que van todos los famosos españoles para aislarse del mundo. Aquello no es tan grande, así que como le leyenda urbana sea cierta, Zahara debe parecer el metro en hora punta.  Lupe Dorra se había esfumado como un pedo en el aire. Ni siquiera había dejado estela.
 
 
 
 

 De inmediato, un nutrido grupo de paparazzi se apostó a las puertas de la residencia de la estrella, un chalet ubicado en la urbanización de lujo El Minarete del Chambelán, en Paracuellos del Jarama. Ya lo decía mi abuela Saturnina: “Hijo mío, si quieres que algo no se sepa, no se lo cuentes a nadie”. Por ahí vino la perdición de Lupe. Al fin y al cabo, Paracuellos sigue siendo un pueblo, y en los sitios pequeños todo se sabe. Sobre todo si tu vecino es Paco Tilla, un militar que trabajó en el CNI, y actualmente está en la reserva por discapacidad visoauditiva. Nadie se tira un pedo en Paracuellos sin que él levante acta notarial. Paco es el hombre que lo sabe todo de todos.
 
 
 
 

Y por unos eurillos, cantó la gallina: “La Lupe está viva, y fuera de peligro. Está ingresada en un hospital madrileño, recuperándose de las lesiones. La presión de la fama ha podido con ella, y se ha intentado suicidar. Había cuidado hasta el último detalle de su macabro plan. Compró esta mansión, y ordenó insonorizar el sótano, con la excusa de que quería tener un estudio de grabación en casa. Después mandó a una de las chicas del servicio a comprar veinte latas de fabada Litoral, un kilo de coles de Bruselas y una botella de cinco litros de agua con gas. Merendó ligero, y se preparó espiritualmente para la gran traca final. Hizo un barrido por Spotify, y seleccionó la música ambiente para la ocasión: Leonard Cohen, Madredeus, y unos duetos unplugged de María Dolores Pradera y Carlos Cano. Telefoneó a su exsuegra, para reconocerle que nunca la había soportado; le mandó un SMS a su jefe, para decirle que era un cornudo; y le escribió un whatsapp con su cuñada para confesarle que el incendio del piso que ésta tenía en la playa, había sido provocado.
 
 
 

 
La casa estaba en silencio. Había dado la noche libre a los criados. Bajó al sótano. Devoró las judías y su guarnición de coles, mientras daba grandes tragos de agua. Una vez finalizada la última cena, se sentó en posición de meditación, y dejó el cerebro en modo off, alcanzando el grado de máxima introspección. Abrió una botella grande de sidra “El Gaitero”, y tras dar buena cuenta de ella, utilizó el corcho para taponarse el culo. Era cuestión de tiempo y de que el catabolismo siguiera su curso. Aproximadamente dos horas después llegó el momento de la gran explosión. Fue como una demolición controlada, pero hacia dentro.
 

Yo asistía a la escena desde el ordenador de mi casa, ya que tengo hackeada la señal del circuito de cámaras de seguridad del chalet. La premura de mi actuación salvó la vida de Lupe. La evacué en mi propio coche hasta el centro hospitalario más cercano. La fortuna quiso que esa noche, el jefe de hospital fuera el afamado doctor Jaime Latoco Poco, el único amigo que me queda de la infancia.
 
 
 
 

El doctor reconoció que aunque el equipo de Cirugía estaba curtido en mil batallas, no había visto nunca un caso semejante. Las lesiones internas habían sido devastadoras, y las estructuras anatómicas se encontraban en un estado irreconocible, amén del hedor insoportable que desprendía el campo quirúrgico. No sabían como reconstruir aquel amasijo de vísceras, músculos y nervios. Anastomosaron y cosieron por donde pudieron, guiándose más por el instinto, que por su vasta formación anatómica. El resultado fue manifiestamente mejorable, pero con aquellos mimbres, no se podía hacer mejor cesto.
 

Los cirujanos expertos coinciden en que una vez que abres un cuerpo, siempre te llevas algo por delante. La pobre Lupe no tuvo suerte ni para ver cumplido su último deseo. Vivió el resto de sus días orinando por la axila derecha, comiendo por el ombligo, y sonándose por el ano. Al menos en este último punto, salió ganando al cambiar ventosidades por mocos. Genio y figura, sus primeras palabras al despertar de la anestesia fueron: Tengo sed, ¿Me podrían traer un refresco con gas, por favor? VanityFreakNews.