sábado, 19 de abril de 2014

Una boda civil acaba en criminal: Parte VI y última.


El saludo protocolario mesa por mesa discurría con normalidad. Realmente, más que una forma de cumplimentar a familiares y amigos, era la última oportunidad que tenían Gema y Juanma para cobrar el impuesto revolucionario en forma de regalo nupcial.
 
 
 

Una minoría de invitados tiene a bien enviar el regalo al domicilio conyugal: ¡Mal, muy mal! Suele ser la enésima vajilla de Zara Home (siempre con alguna pieza rota), y en la tarjeta que acompaña al paquete se autoinvitan a tu casa para estrenarla. Eso en el mejor de los casos, porque te puedes encontrar con el típico esteta que te manda un paquetón enorme. Tú dices: “¡Qué bien, un frigorífico, con la falta que nos hacía!”. ¡Los cojones! Se trata de dos figuras metálicas de Don Quijote y Sancho Panza a tamaño natural.

Los padres siempre preguntan qué ha regalado cada invitado, no por curiosidad, sino para demostrar que los suyos hacen unos presentes espléndidos y los de la otra familia son ratas de alcantarilla. Cuando les cuentas el bajón que os ha entrado al ver a Don Quijote y Sancho, tu madre y tu padre sentencian a coro: “Pues eso les tiene que haber costado un ojo de la cara”. Y a ti qué más te da el hipotético precio. Si al menos hubieran enviado a Rocinante en el pack, seríais familia numerosa y tendríais ventajas fiscales.
 
 
Foto tomada de www.guias-viajar.com
 

La mayoría de invitados, opta por recurrir a la Lista de Bodas de El Corte Inglés. Los novios ponen lo que les da la gana, cosas baratas y otras más caras, fraccionadas en porciones desde cincuenta a doscientos euros, por ejemplo. Todo muy aséptico aparentemente, pero… ¡Ojito porque aquí también puede haber miga! Existe el capullo/a de turno que cada vez que viene a casa después de la boda, te recuerda: “Hay que ver lo bien que se ve la televisión de plasma que os regalé”. ¡Nooo, nooooo! La televisión costaba dos mil euros y estaba dividida en fragmentos de cien euros, de las cuales compraste UNA. Así que nos regalaste el mando a distancia y un puñado de pixeles, y a cambio nosotros pagamos tú cubierto, el de tu mujer, y el de las cuatro pirañas hambrientas que tenéis por churumbeles.

Luego están los que en el propio banquete te van dando “el sobre”. Esto no es propio de una “Boda con Estilo” de la revista Telva. El bolsillo interior del chaqué del pobre Juanma iba inflándose progresivamente hasta acabar pareciendo el muñeco de Michelín. Juan Manuel llevaba en el smartphone una tabla en Excel, donde figuraban los invitados que ya se habían retratado vía regalo a domicilio o a través de la lista de boda. Según se acercaban a saludar a una mesa, sabía perfectamente cuáles eran sus objetivos militares, aquellos comensales que no podían levantarse vivos sin aligerar la pasta.

Juanma estaba en contacto permanente con su padre vía móvil. El progenitor dirigía el operativo desde la mesa presidencial: “Los Peláez, en la mesa cinco, os faltan los Peláez, no le des opción”, “Cuidado en la siete con los Martiáñez, que en la última boda dieron un sobre sin nombre y totalmente vacío”, “Ojo con los Bellaterra de la Sonseca, que mucho apellido y mucha leche, pero como te digan que el lunes te mandan una transferencia bancaria, date por muerto”.

Gema y Juanma volvieron a su mesa. El baile se acercaba, y entretanto, cada cinco minutos aparecía por allí el tito Fernando, buena gente pero con muy mala tolerancia al alcohol: “Oye, que me han dicho que luego hay guarra libre, y quiero saber quién es. ¿No será la del vestido verde, verdad? Lleva poniéndome ojitos toda la noche”.

Aquello era una “Boda con Estilo”, y Gema había dado órdenes estrictas a su entorno para que no hubiera esas muestras de pésimo gusto, tan características de los enlaces entre gente de extracción social baja. Estaban terminantemente prohibidos los típicos gritos de: “Vivan los hijos del novioooooo”, “Que seee, la folleee, que seee, la folleee”, “Que el padrino y la madrina hagan un sesenta y nueveeeeee”, y demás procacidades. No habría cortes de la liga de la novia, ni de la corbata del novio.
 
 

“Eso creía yo”, nos confiesa Gema. “Mi ansiada “Boda con Estilo” se evaporó definitivamente cuando mis amigas del pueblo se acercaron a la mesa presidencial con una bandeja. No era la deliciosa tarta de San Apapucio que habíamos elegido para el menú. Las muy catetas traían un gran pastel de merengue con forma de falo erecto, y dos enormes bolas de chocolate a los lados haciendo las veces de testículos. Le hice un gesto al fotógrafo para que cortara el vídeo, pero ya era demasiado tarde. Se estaba recreando en el postre haciéndole un sinfín de planos picados y contrapicados.

Se mascaba la tragedia, pero no podía intuir hasta dónde podría llegar y mucho menos como podría afectarnos. Los amigos de Juanma estaban empeñados en cortarle la corbata, y se pusieron tan pesados que al final acabé aceptando. ¡En qué hora! Habían cogido una sierra mecánica en el cercano Leroy Merlin, y Toñín, el más decidido, se precipitó sobre Juanma. El estrabismo convergente sumado al temblor esencial que padecía, y los efectos del alcohol sobre la coordinación cerebelosa hicieron el resto. Cortó la corbata y... decapitó a mi flamante marido. ¡Hay que ver como sangra una cabeza recién cortada! ¡Mucho más que en las películas! Mi Yoryo Hermani quedó inservible.
 
 
Foto tomada de www.medias.ina.de
 

Y así acabó el que tendría que haber sido el día más feliz de mi vida. Aunque bien mirado, tampoco me fue tan mal. Me pagaron una millonada por el seguro de vida de Juanma: Cancelé la hipoteca, y me compré la mansión de Marbella desde la que escribo este relato. Como Melanie Griffith en “Locos en Alabama”, mandé disecar la cabeza de Juanma, y la llevo siempre conmigo en una sombrerera. Él no ha vuelto a tener las horrorosas migrañas que padecía, y yo por fin vi cumplido uno de mis mayores deseos: Mi boda fue publicada. Salió en el número de Mayo de Sepultura profanada, la revista gótica de mayor tirada, en su sección “Bodas con Estilo Gore”. VanityFreakNews.

 

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